Introducción.

1ro. Hablaremos de dónde nos sacó Dios, es decir la vida pasada pecaminosa y carnal, y a su vez el porque ésto nos guía al bautismo en agua.

(1 Pedro 1:18-19)
Pues ya sabéis que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir (la cual recibisteis de vuestros padres) no con cosas Corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.

1.- La importancia del bautismo en agua y su relación con el sacrificio de Cristo

Cuando Dios envió a Moisés para liberar a Israel del dominio de Egipto, ellos eran esclavos y sufrían hambre y miseria. Así, Israel pudo ser salvo de la ira y el juicio de Dios mediante su fe en la sangre del sacrificio que Dios había ordenado: el cordero pascual. Provisto este pacto mediante la sangre del cordero, Dios sacó a Israel de Egipto y lo hizo su pueblo identificándolo con una serie de ordenanzas, leyes, decretos y mandamientos que conocemos como “la ley” o la “ley mosaica”, que sirvió –entre otras cosas- para prefigurar al Salvador que habría de venir.

El cumplimiento de este propósito de la ley llegó siglos después cuando Juan identificó a Jesús con el cordero de Dios: (Juan 1:29)  El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Todos los judíos sabían que el tipo del cordero pascual –al igual que la ley- prefiguraba al Salvador. Todos entendieron que el cordero pascual significaba el pacto de salvación, y todos entendieron que los corderos de sacrificio expiatorio habían sido tipo para el Mesías prometido. Juan el Bautista identificó a Jesús como el cumplimiento de ese tipo de cordero pascual y del cordero expiatorio. Los judíos sabían de qué estaba hablando Juan. Por eso, Pablo pudo afirmar, acerca de la muerte y resurrección de Cristo:

(1 Corintios 5:7)
Nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.

¿Cómo fue prefigurado Cristo mediante el cordero pascual..? Mientras el cordero pascual proporcionó a Israel liberación temporal de la esclavitud física, el sacrificio de Jesucristo proporcionó salvación eterna para todos los que pusieran fe en su sangre derramada en propiciación por todos sus pecados.

Por otro lado, así como Israel fue urgida a salir de Egipto, ya liberado de la esclavitud, Dios libera al esclavo del pecado de sus ataduras y miserias e, inmediatamente, le hace un llamado a una vida nueva.


Nota:
es importante mencionar que la muerte de Cristo no perdonó nuestros pecados, sino que sirvió y sirve como propiciación para ese  perdón. Esto significa que, aunque Jesús murió por los pecados de todo el mundo, solamente se beneficiarán de este sacrificio quienes aprovechen esta propiciación mediante el arrepentimiento verdadero y sincero de nuestros pecados, y la obediencia a Aquél que murió por nosotros en la cruz.

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. (1 Juan 4:10)

2.- Con el bautismo en agua, morimos con Cristo
Hay una relación muy estrecha entre la expiación del Cordero de Dios y la ordenanza del bautismo cristiano. En el plano natural, sabemos que a toda muerte le sigue una sepultura; lo mismo sucede en el plano espiritual: primero hay muerte y después sepultura. Mediante la expiación de Cristo, de acuerdo con la bendita Palabra de Dios, nosotros nos consideramos muertos con él; consideramos que nuestro viejo hombre, el cuerpo del pecado, está muerto. ¿Qué hay que hacer con ese cadáver que es nuestro viejo hombre…? Las Escrituras nos lo dicen: hay que sepultar a este viejo hombre, a este cuerpo de pecado muerto.

¿Cómo lo sepultamos…? Mediante el bautismo cristiano. En cada bautismo cristiano hay dos etapas continuadas: Primero hay sepultura y luego resurrección, igual que en el plano natural.

(Romanos 6:3-4)
¿O no sabéis que todos los que somos bautizados en Cristo Jesús, somos bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él en la muerte por el bautismo, para que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida.

En el bautismo cristiano plasmamos algo que ya ha ocurrido en nuestro interior: la muerte al pecado; y la resurrección a la nueva vida para Dios y la justicia. Previo al bautismo cristiano en agua, ya ha habido una transformación interna en el creyente que acepta la expiación de Cristo en su favor.

Sepultados juntamente con él en el bautismo, en el cual también resucitasteis con él por la fe de la operación de Dios, que le levantó de entre los muertos. (Colosenses 2:12)

Así que, el bautismo ÚNICAMENTE debe ser validado por nuestro Señor Jesús. Nadie más puede avalar el bautismo; ninguna iglesia, ningún pastor, ninguna denominación. Somos bautizados en Cristo y así entramos a formar parte de su iglesia, por fe en su sacrificio expiatorio.

Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. (Gálatas 3:27)

Si no creemos que morimos con Cristo mediante el bautismo y que, de la misma manera, resucitamos para una vida totalmente nueva, el bautismo no tendrá ninguna validez. Y para creerlo, primero hay que SABERLO. ¿Cuántas personas “bautizadas” pueden decir esto..?

¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? ¡De ninguna manera! Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? ¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?, porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado, porque, el que ha muerto ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él, y sabemos que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. En cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; pero en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. (Romanos 6:1-11)

Recordemos que hay dos condiciones para estar muerto al pecado y vivos para Dios y su justicia: “Saberlo” y “considerarnos como eso”

“Saber” en qué consiste el sacrificio de Cristo y cómo nos afecta a nosotros, es importante para “considerarnos muertos al pecado”.

El creyente que es bautizado, debe saber que el mismo poder que resucitó a Jesús, el Espíritu Santo, es el mismo Espíritu que lo levanta a él del bautismo para una vida nueva, lo sustenta para esa nueva vida y lo guía totalmente en ese nuevo camino. Esta guía no la puede suministrar ningún hombre. Sólo el Espíritu Santo, sin intermediarios de ninguna clase.

Pablo nos dice que si Cristo está en nosotros, nuestro cuerpo está muerto par el pecado.

(Romanos 8:10)Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia.

Únicamente el bendito Espíritu de Dios puede dar al creyente bautizado el poder que necesita para esta nueva vida de justicia.

La importancia de esta verdad concerniente a la expiación de Cristo, jamás podrá ser entendida por los creyentes hasta que no sepan y comprendan el verdadero significado del bautismo cristiano: muerte y sepultura para el viejo hombre de pecado, y resurrección y vida nueva para Dios y su justicia.

Esto no quiere decir que el bautismo produce, por sí solo, la condición de muerte para el pecado. Como vimos en Romanos 6, primero hemos muerto con Cristo para el pecado, y luego somos bautizados en la muerte de Cristo. Quien es bautizado YA HA ENTRADO en esta condición de muerte para el pecado. El bautizo es la confirmación externa de una condición interna ya existente para ese momento del bautismo.

Nosotros morimos juntamente con Cristo cuando somos bautizados y, también –al igual que Cristo- resucitamos espiritualmente para una vida totalmente nueva y libre del poder del pecado. Cuando morimos y resucitamos con Cristo, ya le pertenecemos a él; ya somos parte de su iglesia, su cuerpo. Con el sacrificio de Cristo –y nuestra fe en éste- nuestro cuerpo y espíritu ya son de Dios.

(1 Corintios 6:20)
Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.

El precio que Cristo pagó por nosotros fue su propia vida, derramada cuando fue sacrificado; Cristo llevó “nuestros pecados en su propio cuerpo” para que “muriéramos al pecado y viviéramos para la justicia”. El precio que pagó Cristo por nosotros fue con sangre preciosa, un precio demasiado elevado para que tomemos a la ligera lo que le debemos en gratitud y devoción a Aquel que lo pagó.

Gracias a ese precio, y de acuerdo a la voluntad del Padre, Jesús, el Hijo de Dios –y nadie más que él- se convierte en nuestro amo y Señor.

Esto parecería ser de poca importancia para millones de creyentes alrededor del mundo que permiten que otros hombres se conviertan en sus amos y señores. Millones están permitiendo que pastores, profetas, apóstoles, cuerpos gobernantes, concilios, sacerdotes, papas, etc., se coloquen entre ellos y aquél que pagó con su sangre preciosa el precio. Estos jerarcas y líderes religiosos se interponen como mediadores entre Cristo y sus ovejas, aduciendo que tienen autoridad delegada de nuestro Señor para hacerlo. Eso es mentira. Nadie tiene derecho ni autorización para gobernar las ovejas que solamente son de Cristo. Y si lo permitimos, estamos despreciando el alto precio que pagó Cristo por nosotros.

Así que cuando nos bautizamos en Cristo, quiere decir precisamente eso: EN CRISTO, no en alguna iglesia, secta o denominación particular. Pablo lo dice:

Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. (Gálatas 3:27)

No hay espacio para nadie más que Cristo; nuestra fidelidad es con Él, no con hombres ni organizaciones de hombres. Estamos personalmente con Cristo en su muerte expiatoria y en su resurrección triunfal.

Es de tan vital importancia SABER, CONOCER lo que nos enseña la palabra de Dios, que la advertencia viene explícita:

Mi pueblo se ha destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio. (Oseas 4:6)

Gracia y Paz.

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