Con el fin de llevarnos al autoexamen, al arrepentimiento, a la confesión y al cambio de vida, nuestro Dios a menudo niega nuestras peticiones para llamarnos la atención sobre el hecho de que algo anda mal en nuestra relación con él.

Los pecados que cometemos y de los que no nos arrepentimos, y por lo tanto nunca se los confesamos a Dios son la causa de una respuesta negativa a la oración. Si Dios respondiera las oraciones de las personas que viven en la práctica del pecado y sin ningún arrepentimiento, estaría validando su pecado. Por eso está escrito que Dios odia el sacrificio de los impíos (Pr 15,8).

El salmista declara esta verdad: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, El Señor no me habría escuchado.”
(Salmos 66,18).

En el libro de Proverbios encontramos: “El que cierra su oído al clamor del pobre, También él clamará, y no será oído”. (Pv 21.13). También dice: El que aparta su oído para no oír la ley, Su oración también es abominable. (Pv 28.9).

Quizás el pasaje más conocido sobre este punto es lo que Dios le dijo a la nación de Israel a través del profeta Isaías: Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos. Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo. Isaías 1. 15-16
Por lo tanto, si Dios se demora en respondernos, debemos proceder con un examen sincero de nuestra vida, confesar todos los pecados conocidos y abandonar todas las prácticas pecaminosas.

Esto no significa que tenemos que ser moralmente perfectos para que Dios nos responda. Si así fuera, nunca tendríamos respuestas. Lo que Dios requiere es que nos arrepintamos y le confesemos todos los pecados de los que somos conscientes. Solo los pecados no confesados impiden las respuestas a las oraciones.

Comments

comments

Abrir el chat